«Tus pruebas están bien»

¿Cuántas veces escucharán eso los pacientes?

Cuando una persona se encuentra mal y va al médico, con frecuencia se piden pruebas complementarias para intentar buscar una causa para el síntoma. Analítica de sangre y de orina, radiografías, ecografías, TC, resonancia magnética, endoscopias varias: la medicina tecnificada del siglo XXI tiene un arsenal de exámenes con los que hurgar en el interior del organismo de un ser humano.

Cuando luego el paciente vuelve a la consulta de su médico, esperando obtener una respuesta para sus males, pasa muy a menudo que «las pruebas están bien». En estos casos se suele mandar algún tratamiento sintomático: un analgésico si hay dolor, un «protector gástrico» si hay molestias digestivas, una pastilla para la depresión si parece que procede. El paciente se toma la pastilla y a veces se encuentra mejor (cualquiera sabe si por la pastilla o por el efecto placebo). Pero otras muchas no sólo no se encuentra mejor sino que a su molestia inicial se suman los efectos secundarios de la medicación.

Hay muchísimas personas que están literalmente hechas polvo: dolor de cabeza, de cuello, de espalda, de todas las articulaciones, hasta de la raíz del pelo; picores y eczemas múltiples; hinchazón de la tripa, diarrea o estreñimiento, dolores después de comer, antes de comer, o aunque no se coma; mareos y vértigos, con o sin niebla mental; cansancio extremo y continuado; y así, hasta el infinito y más allá.

Y sin embargo: «Tus pruebas están bien», así que «no te pasa nada». Los tratamientos sintomáticos se van acumulando, y el paciente cada vez se va encontrando peor. Llega un momento en el que el hecho de que «las pruebas estén bien» deja de parecerle algo positivo. Al principio se alegraba: «al menos no tengo nada grave». Pero conforme pasan los meses y se van sumando los síntomas, el paciente desearía que alguna prueba diera algún resultado anómalo. Algo que justificara esa merma de su calidad de vida. Algo que explicara por qué cada vez se encuentra peor, a pesar de las 5 o 10 o 15 pastillas que se mete al coleto a diario.

Puede parecer exagerado, pero no lo es. Hay muchísima gente en esta situación. A menudo se les ponen etiquetas diagnósticas como fibromialgia, síndrome de fatiga crónica, intestino irritable, dispepsia funcional, cefalea crónica multifactorial, trastorno ansioso-depresivo, urticaria crónica idiopática,… Se les explica que «no es nada grave», que «es funcional» o incluso «que está en su cabeza».

¿Cómo va a saber el paciente que a lo mejor lo que le pasa es que tiene que ver con una celiaquía no diagnosticada? O alguna otra entidad como un SIBO (sobrecrecimiento bacteriano del intestino delgado). ¿Tendría que saber el paciente que quizá lo que le pasa tiene que ver con disfunciones de sus ejes neuroendocrinos y con inflamación de bajo grado, producidas por un estilo de vida inadecuado? ¿Y su médico, debería saberlo su médico?

Lo que nos produce tantos síntomas actualmente tiene mucho que ver con el estilo de vida: una alimentación inadecuada, una mala gestión del estrés, la exposición a contaminantes ambientales, la falta de estímulos físicos ancestrales que nuestro organismo conoce, el exceso de higiene. Y si no se cambia el estilo de vida, será difícil mejorar muchos de esos síntomas que no tienen una causa aparente.

Que las pruebas estén bien es estupendo. Que el paciente no lo esté, debería hacernos preguntar ¿qué le pasa en realidad? y ¿qué se puede hacer por mejorar esos síntomas?